miércoles, 26 de noviembre de 2014

UN OASIS EN EL DESIERTO

El uso y optimización de las energías renovables como el sol y el viento, pueden llegar a ser la solución para las comunidades que habitan en zonas aisladas, problemas como el acceso a la energía eléctrica y al agua potable son muy comunes en Colombia.

UN OASIS EN EL DESIERTO

Lucía Martínez

Abrir espacio en esta estrecha e improvisada trocha para otro vehículo a veces provoca que el campero se incline tanto que parece que se va a volcar, el viaje es en un pequeño campero de doble tracción, por lo que sus ocupantes creen que están exentos de tener un percance; aunque cada vez que se inclina un poco todos se agarran fuerte de donde pueden.

Por esta vía y bajo este extenuante calor es usual encontrar rebaños de chivos comiendo las pocas hierbas que da un desierto como el de la Guajira, de vez en cuando los ocupantes sudorosos del campero se cruzan en la angosta vía con indígenas que pasan en burro o en moto y a los cuales parece que el calor no los afecta.

Mientras los viajeros en el campero sufren las inclemencias del calor, los transeúntes con que se cruzan, indígenas en su mayoría, miran a sus ocupantes mojados por el sudor, se miran entre ellos, comentan y se ríen.

Usualmente la gente foránea va a Laguna grande a ver los flamencos rosados, Laguna Grande es un asentamiento indígena wayuu que alberga a 125 personas aproximadamente, se encuentra ubicado al sur occidente de Riohacha a 35 escasos kilómetros, por la vía a Santa Martha.

35 km parecen muy poco; pero en Colombia puede llegar a ser una hazaña, un ejemplo claro y conocido por muchos es la carretera que del Cocuy conduce a Bucaramanga, vía Malaga; en temporada de lluvias, con un campero y mucha paciencia, puedes demorar de 8 a 10 horas y solo son 205 km. Esto para una vía que un día en tiempos pasados estuvo pavimentada y hoy está olvidada y en pésimas condiciones.

Retomando, cuando se llega al corregimiento de Perico (a 23km de Riohacha) se debe tomar una trocha que se forma en temporada seca, con unos paisajes de ensueño, en donde los autos pueden quedar atrapados en sus arenas y en temporada de lluvia la salina convierte la misma arena en lodazales en los que patinan los vehículos.

No hay avisos, cuando se viaja por las carreteras de Colombia, se mejora mucho la comunicación; esto debido a que a los sitios se llega preguntando y la mejor información es la que brindan los habitantes de las zonas.

Al preguntar te dan indicaciones como: gire en el próximo árbol a la derecha y cuando encuentre el cactus debe tomar en tal o cual dirección, encontrar dos caminos y no poder decidir cuál y al volver a preguntar ver la sonrisa en los ojos de sus habitantes, como pensando que  brutos, si es tan obvio.
A veces se corre con mejor suerte y al preguntar alguien dice yo voy para allá, tú piensas bueno vamos, y cuando te bajas para abrir la puerta se suben, gallinas, bultos y unas cuantas personas entre adultos y niños.

David, es un canadiense que vive por temporadas en Bogotá, debido a su trabajo. La primera vez que David fue a Laguna Grande iba acompañado de una amiga, en plan turístico a ver flamencos rosados, encontraron en Perico a dos mujeres wayuu y cuando preguntaron cómo tomar la vía a la laguna ellas dijeron que si las llevaban les mostraban el camino, fue un encuentro enriquecedor para todos.

Al llegar a la Laguna las mujeres sacaron unas sillas de la escuela y se las ofrecieron, David dijo que no que querían ir a ver los flamencos, pero ellas insistieron tanto que tuvieron que aceptar. La espera duro 15 minutos en los cuales las mujeres no pronunciaron palabra.

Las mujeres wayuu en principio no son muy conversadoras con las personas que no conocen, a las preguntas responden, si, no, espere, etc., es un poco frustrante; pero después cuando ya tienen confianza son muy charladoras.

Al rato llego un indígena alto, atractivo, con una dentadura perfecta y muy conversador, se presento como Chendo, y dijo ser el líder de la comunidad, pregunto cuál era el interés de la visita y cuando supo las intenciones los llevo a conocer la Laguna Grande, en la excursión se fueron uniendo otros indígenas.

Dicen sus habitantes que cuando la Laguna Grande está llena y se abre para recibir las aguas del mar, con sus camarones y sus peces; puede llegar a albergar alrededor de 10.000 flamencos. El potencial de la Laguna alcanza para los indígenas, los flamencos y pescadores que vienen de diferentes partes del Caribe colombiano, a la subienda del camarón.

La segunda vez que David pasó por Laguna Grande ya no fue por los flamencos; el hombre ya estaba más interesado en la gente y además muy asombrado de la forma tan básica cómo viven estas comunidades indígenas en zonas muy aisladas y donde los recursos del gobierno parecen no “poder llegar”.

Quería hacer preguntas e indagar en cuáles eran sus necesidades, su líder Chendo le dijo que ellos no reciben ningún tipo de regalías, esto aunque es real,  es difícil de creer, ya que la Guajira es uno de los departamentos que reciben más regalías debido a la extracción de recursos naturales como el carbón y el gas natural.

Es una historia de años conocida en todo el país. Las necesidades de las comunidades solo en las ciudades son enormes, imaginar las necesidades de las comunidades rurales y más si son aisladas es mucho más crudo, como dicen los extranjeros Colombia debía llamarse Macondo.

En fin algunos integrantes de la comunidad les dijeron que ellos solo cuentan con el territorio y con el mar, todas sus necesidades básicas están insatisfechas y no esperan mejorar su calidad de vida en estos tiempos. El hombre insistió en las preguntas y tres de ellos, pescadores de profesión y de vida los llevaron a conocer toda la comunidad.

Les mostraron primero sus casas, construcciones de madera impermeabilizadas con barro en el mejor de los casos; en algunos meses los vientos son tan fuertes en esta zona de la Guajira que los maderos quedan desnudos y no se pueden cubrir de barro en temporadas secas, es casi un circulo vicioso, los indígenas esperan las lluvias para tener barro, esperan a que las lluvias amainen un poco y embarran sus casas; pero no siempre es así ya que es una zona muy dada a las sequias.

Les mostraron sus dos jagüeyes uno muy pequeño y seco, el segundo con mucha capacidad pero con poca agua, en donde los indígenas se bañan, lavan sus enseres y ropas, cargan agua para su consumo diario y donde además los chivos también beben y se bañan.

Un jagüey es un depósito artesanal que se surte de agua dulce en temporadas de lluvia, al estar almacenada el agua durante tanto tiempo y debido al uso que se hace de ella, estos depósitos de agua adquieren bacterias y otros organismos que contaminan el agua no cumpliendo con las normas de agua potable que exige la OMS.

Después de esto hombres y mujeres dijeron que aunque no tienen nada, lo más importante para ellos seria tener agua potable; en épocas de sequia por ser una comunidad que vive en una zona aislada los usuales carrotanques de agua de la Guajira llegan uno cada mes, teniendo suerte.

Al Salir de allí, el hombre ya en Bogotá empezó a indagar respecto a soluciones energéticas utilizando para ello recursos naturales como el sol o el viento, La guajira tiene estos dos componentes, por lo tanto la solución ya dependía de la parte económica.

Busco empresas que ofrecieran plantas desalinizadoras y potabilizadoras de agua, pero aunque el uso de los paneles solares lleva un tiempo en Colombia; aun no es rentable debido a que se considera que las hidroeléctricas son energías limpias.

La mayoría de las plantas desalinizadoras de agua en la Guajira trabajan mediante generadores que utilizan combustibles las cuales emiten gases contaminantes. Indagando encontró dos plantas que trabajan con energía solar en Boca de Camarones, en las inmediaciones del Parque nacional Santuario de flora y fauna los Flamencos. Laguna Grande se encuentra dentro de esta misma zona de influencia.
Solicito cotizaciones, creó una fundación, envió correspondencia a empresas del sector energético, en las que presentaba la fundación y el proyecto solicitando donaciones.

Volvió a Laguna Grande con su equipo de trabajo y les comentaron sus intenciones; ellos por su parte, la comunidad, escribieron una carta para la fundación en donde solicitaban todo el apoyo que pudieran darles. Comenzaron a estructurar el proyecto con la participación de la comunidad, mediante reuniones, charlas y participando en sus actividades cotidianas.

En total se reunieron con la comunidad de Laguna Grande 5 veces, mientras buscaban fondos para el proyecto; el hombre al darse cuenta que el proceso es tan lento, tomo la decisión de realizar una donación que cubría la compra de la maquina desalinizadora y potabilizadora de agua, la instalación y una lámpara solar de largo alcance para cada vivienda de la comunidad.

La comunidad fue muy receptiva y bajo la supervisión de la firma de ingenieros contratados, aportaron su mano de obra en la construcción del sitio para la maquina, la excavación del pozo de captación y la adecuación del sitio de distribución final de agua.

El trabajo que realizaron ayudo a la apropiación de la comunidad con el proyecto y a elaborar un plan de compromisos en donde ellos mismos se comprometieron a hacer el mantenimiento de la planta y a preservar el medio ambiente mediante el uso de electrodomésticos que operen con energía solar.

De igual forma adquirieron un compromiso entre ellos de recoger y acopiar el plástico tirado por décadas en sus playas. Las comunidades que habitan La Guajira conviven todos los días con carreteras, pueblos, comunidades en donde el plástico desechado esta en todos los escenarios, muy pocos sitios se escapan de él.


El lunes 20 de octubre del año en curso fue la última vez que David y los miembros de su fundación visitaron a la comunidad de Laguna Grande, ese día por primera vez Chendo, su líder, abrió el grifo para llenar 50 pimpinas de agua potable que abastecerá a sus 25 familias diariamente.

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